lunes, 25 de marzo de 2019

LA ABOGACÍA EMOCIONAL

(Artículo publicado en el Periódico "Nueva Alcarria" el 22 de marzo de 2019):

La abogacía emocional

Foto: https://nuevaalcarria.com

Este mes, cumplo veinte añitos ejerciendo, de una u otra manera -entre gestorías, departamentos jurídicos y juzgados-, esta profesión de abogado. Así que permítanme, queridos lectores, que me dedique un poco de "autobombo", que como gritó aquel estupendo futbolista cuando marcó un hat-trick con la selección española en el mundial de Italia 90…me lo merezco. 

Siempre digo que elegir abogado es más una cuestión de confianza que de precio (aunque también debe tenerse en cuenta esto último, lógicamente). Considero que la relación de confianza entre cliente y abogado -y viceversa- es la base para que todo vaya bien. En Estados Unidos incluso van más lejos: es algo de lo más cotidiano invitar a tu abogado a tu cumpleaños, a las fiestas familiares, o incluso a tu boda o al bautizo de tus hijos. En España (por suerte) no se destila tanto eso de tener una relación de amistad con tu abogado, pero es evidente que para nuestros clientes es muy importante encontrar, más que un abogado, un confidente que se preocupe de buscar soluciones a sus problemas. Y más si cabe en el Derecho de Familia, donde es necesario ejercer una abogacía cercana y comprometida, y no tan técnica. Hablo del Derecho de Familia porque sin duda es el más humano de todos los derechos, ya que tratamos los aspectos más íntimos de las personas: sentimientos, emociones, expectativas, etc. Pero, además, en materia de familia-matrimonial hay un matiz muy importante: la misión del abogado es velar por los intereses de su cliente, pero sin perder de vista los de sus hijos menores de edad o económicamente dependientes (si los hay), que son los que primordialmente deben protegerse. Y porque en la mayoría de los asuntos, cuando hay hijos de por medio, los procesos no suelen terminar con una primera sentencia, pues en este campo no hay “cosa juzgada”: las circunstancias pueden variar en cualquier momento y las resoluciones judiciales deben adaptarse a esas nuevas situaciones sobrevenidas. 

Por otro lado, vivo mi profesión como un trabajo artesanal, cada asunto es distinto al anterior, y en todos y cada uno de ellos hay que poner interés, cuidado y mimo. Aunque también debe tenerse en cuenta que el resultado final no depende única y exclusivamente del abogado, sino que también influyen otros factores: el propio cliente, el contrario, el juzgado que te "toque", los demás operadores jurídicos, etc. Aun así, puedo decir que la inmensa mayoría de mis clientes se encuentran satisfechos con mi trabajo (existe un pequeño porcentaje de clientes decepcionados y frustrados -sospecho que más que conmigo, con el "sistema"-, pero eso no lo puedo evitar).

Por todo esto, me considero un abogado emocional, porque ejerzo una abogacía comprometida. No tengo la suerte de provenir de una familia de abogados o de juristas, y detrás de mí tampoco hay una gran estructura, pero cuento con la ventaja de tener un contacto directo, cercano y continuo con mis clientes. Y considero que ellos encuentran en mí a alguien a quien dirigirse y en quien confiar sus problemas. Y para mí, eso es lo más importante. Es el reconocimiento y gratitud del cliente que entiende y valora el esfuerzo realizado, incluso aunque la resolución judicial finalmente no haya cumplido con sus expectativas, lo que más me gusta de esta profesión.

Como colofón, recordaré una escena de la película “Philadelphia” en donde le preguntaban al abogado Andrew Beckett, interpretado por Tom Hanks, qué era lo que más le gustaba de ser abogado y del Derecho. Beckett respondía que lo que más le gustaba era que de cuando en cuando, no muy a menudo, pero alguna vez, uno puede participar en el hecho de hacer justicia. Y realmente, cuando ocurre, es emocionante.

Luis Miguel Almazán

Abogado de Familia

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