(Artículo publicado en el Periódico Nueva Alcarria el 16/01/2026)
En las últimas décadas, las separaciones y divorcios en personas
con cierta edad (vamos, ya mayorcitos y con la vida bien resuelta), han
dejado de ser un fenómeno excepcional para convertirse en una realidad cada vez
más frecuente. Lo que antes se veía como una etapa en la que ya todo estaba
hecho, hoy se vive como un periodo en el que aún es posible tomar decisiones
importantes sobre la propia felicidad.
Muchos matrimonios que han permanecido juntos durante décadas
llegan a edades avanzadas con dinámicas marcadas por rutinas, silencios
prolongados o conflictos no resueltos acumulados con el tiempo. Durante años,
diversas responsabilidades —como la crianza de los hijos, la estabilidad
económica o las normas sociales— han actuado como frenos para tomar la decisión
de separarse. Sin embargo, una vez alcanzada la jubilación y con los hijos
independizados, algunas parejas se encuentran frente a una convivencia más
intensa y prolongada, que a veces evidencia diferencias profundas que habían
permanecido ocultas.
Por otra parte, la expectativa de vida más larga y la mejora en
la calidad de los años posteriores a la jubilación generan en muchas personas
mayores el deseo de disfrutar una etapa plena, sin renunciar a la tranquilidad
emocional o a la libertad personal. Esto lleva a algunos a buscar una nueva
oportunidad, aunque para ello deban poner fin a una relación de toda la vida.
La soledad no suele ser la causa principal de estas rupturas; más bien, lo es
la reflexión sobre el tiempo que queda por vivir.
Las separaciones en la tercera edad también están influidas por
cambios culturales. La visión del matrimonio ha evolucionado, y ya no se considera
algo para toda la vida.
No obstante, los divorcios en esta etapa conllevan desafíos
particulares: reorganización económica, adaptación emocional, impacto en hijos
adultos e, incluso nietos, y la necesidad de construir nuevas redes afectivas.
Aun así, muchas personas mayores encuentran fortaleza en su experiencia de vida
y afrontan esta transición con madurez y serenidad.
En definitiva, las separaciones o divorcios en personas de la tercera edad no deben interpretarse únicamente como el final de una historia, sino como una posibilidad de buscar el bienestar personal. Representan, en muchos casos, un acto de valentía y de reafirmación de la propia identidad, demostrando que nunca es tarde para priorizar la felicidad. www.almazangarciaabogados.com
